Una anciana, vestida con ropa sencilla y gastada, entró en un restaurante elegante. En la puerta, la recepcionista la detuvo y le dijo con dureza:
— Señora, este es un restaurante muy caro. Usted no puede permitírselo.
— Lo sé, pero tengo dinero —respondió la mujer con calma.
A regañadientes, la sentaron en la mesa más alejada, casi junto a la pared. Los comensales, sentados en mesas cubiertas con manteles blancos, intercambiaban miradas curiosas: ¿quién era aquella anciana que se atrevía a venir aquí, donde solo cenaban los ricos? Parecía que hasta la atmósfera de lujo y brillo rechazaba su presencia.
Cuando el camarero se acercó, la mujer levantó la vista y preguntó en voz baja:
— ¿Qué es lo más barato del menú?

— Podría ofrecerle la sopa de verduras, pero creo que incluso eso podría ser demasiado caro para usted —dijo él, dudando.
— Está bien, tráigame la sopa —respondió ella con serenidad.
Al escuchar ese intercambio, algunos hombres en la mesa de al lado comenzaron a reírse ruidosamente. Otros se unieron: unos murmuraban burlas, otros sonreían con desprecio. Una ola de risa sarcástica recorrió el salón. “Una mendiga vino aquí a comer sopa entre los ricos”, susurraban.
Las burlas continuaron hasta que el camarero, un joven de buen corazón, se acercó a la mujer. Bajó la mirada y le dijo en voz baja:
— Abuela, lo siento… se están riendo de usted. Me da tanta vergüenza su comportamiento.
La mujer esbozó una leve sonrisa y respondió con calma:
— No te preocupes, hijo. No les presto atención. El sueño es más importante.
— ¿Qué sueño? —preguntó él, sorprendido.
— Cuando mi esposo aún vivía, solíamos pasar frente a este restaurante y soñábamos con que algún día tendríamos dinero suficiente para entrar y pedir una comida. Él ya no está… pero logré ahorrar un poco. Lo suficiente para cumplir ese sueño, al menos una vez.

El camarero se quedó paralizado, incapaz de responder. Las lágrimas brillaron en sus ojos, pero rápidamente se dio la vuelta, fingiendo anotar algo en su libreta. La mujer terminó su sopa en silencio, colocó con cuidado la cuchara sobre el plato, sacó su viejo monedero y pidió la cuenta.
— Hoy yo pagaré por su sueño —dijo el camarero en voz baja, inclinándose hacia ella—. Y espero que, cuando sea viejo, haya alguien tan bondadoso como usted a mi lado.
El salón, que momentos antes había resonado con risas, quedó en un silencio absoluto. Las personas bajaron la mirada, avergonzadas por su comportamiento.
La anciana simplemente le dio las gracias, sonrió y salió lentamente del restaurante, dejando tras de sí un silencio cálido, en el que, por primera vez esa noche, se podía escuchar el latido de un corazón humano.






