Angela había visto todo tipo de huéspedes extraños durante sus años trabajando como camarera de hotel. Creía que ya nada podía sorprenderla.
Y eso era cierto… hasta que notó a la niña.
Todo comenzó un martes por la noche. Alrededor de las ocho, un hombre de unos cuarenta años entró al motel. A su lado iba una niña de unos once años: delgada, de cabello claro, con una mochila negra. A primera vista, parecían padre e hija.
La niña no dijo una sola palabra. Solo miraba al suelo. El hombre firmó el registro y pidió la habitación 112 por una noche. Solicitó que nadie entrara a limpiar y… que las cortinas no se cerraran.
La noche siguiente, todo se repitió: el mismo hombre, la misma niña.
La tercera noche, Angela sintió una inquietud creciente que no la abandonó ni siquiera cuando regresó a casa. La niña se veía cada vez más apagada, y el hombre más irritable. Él le sujetaba el hombro con demasiada fuerza.
En la sexta noche, Angela tomó una decisión. Salió por la entrada trasera, rodeó el edificio y miró por la ventana de la habitación 112. La cortina no estaba completamente cerrada. A través de la estrecha abertura solo se distinguían siluetas… pero esas siluetas bastaron para que sus piernas flaquearan.
Vio la sombra de un hombre inclinado sobre la niña. La niña estaba sentada en la cama, con los hombros temblando. Angela se apartó de la ventana, con el corazón desbocado. Todo se veía… mal.
Y a la mañana siguiente, exactamente a las 10:19, ocurrió algo que confirmó por completo sus temores: la niña caminaba junto al hombre, aferrando su mochila con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos. Su rostro estaba pálido, con una expresión de culpa o de miedo. No sonreía… y él tampoco.
Cuando pasaron junto al cuarto de suministros, Angela se asomó. Y por primera vez notó que la niña apenas podía mantenerse en pie, como si se sintiera enferma. El hombre la sostenía del brazo, pero no parecía un gesto de cuidado.

Angela ya no pudo soportarlo más. Por primera vez en muchos años, rompió las reglas del motel y tocó suavemente la puerta cuando el hombre salió hacia el coche.
La niña fue quien abrió.
—Cariño… ¿estás bien? —preguntó Angela.
—Solo… necesito acostarme —susurró la niña—. Me siento mareada otra vez.
—¿Él… es una buena persona? ¿Te hace daño? —preguntó la camarera con cuidado.
La niña alzó la mirada, sorprendida.
—Es mi papá —dijo—. Y me ayuda… estoy enferma.
Como si temiera que Angela no le creyera, la niña abrió su mochila. Dentro había contenedores médicos, paquetes estériles y documentos.
—Venimos aquí todos los meses —explicó la niña—, porque hay un médico que me hace diálisis. Tarda mucho… y después siempre quedo muy débil.
Angela se quedó sin aliento.

En ese momento, el hombre regresó. Vio la mochila abierta, la expresión de Angela, a la niña pálida… y lo comprendió todo.
—Ella solo estaba preocupada —dijo la niña antes de que él pudiera hablar—. Pensó que… tú eras malo.
El hombre esbozó una sonrisa cansada, triste, pero amable.
—Yo también me preocuparía —dijo—. Últimamente se ha debilitado mucho… A veces yo mismo tengo miedo por ella.
Angela se quedó paralizada: esa era la “medicina” que había visto a través de la ventana la noche anterior. De repente, todo encajó… y adquirió un significado completamente distinto.






