Sus guardaespaldas mantenían una distancia discreta, mezclándose con los clientes del bar. La Estrella Dorada era conocida por su ambiente relajado y su clientela diversa: desde estudiantes universitarios hasta trabajadores que solo querían desconectar después de la semana laboral. Pablo se sentó en una mesa del rincón, pidió un whisky doble y encendió un cigarrillo Marlboro, observando la escena con esa mirada penetrante tan característica del hombre más poderoso del narcotráfico colombiano.
La música de salsa retumbaba mientras las parejas bailaban en la pequeña pista improvisada. En la barra, un hombre corpulento de unos treinta años llamado Rodrigo “El Toro” Mendoza bebía cerveza tras cerveza, celebrando con sus amigos una supuesta victoria en una pelea callejera. Rodrigo era conocido en el barrio como un pocamata, un matón que resolvía pequeños “problemas” para los comerciantes locales a cambio de dinero.
Medía casi dos metros, pesaba más de cien kilos y tenía fama de ser un hombre violento que disfrutaba intimidando a los demás. Esa noche, el alcohol había nublado por completo su juicio. Sus amigos lo provocaban para que demostrara su valentía, desafiándolo a molestar a algún cliente del bar.
Rodrigo, con la típica arrogancia de alguien que cree que el mundo le pertenece, empezó a caminar entre las mesas, buscando una víctima para su próximo despliegue de poder.

Sus ojos se posaron en Pablo, que permanecía tranquilo en su rincón, aparentemente solo y vulnerable. Para Rodrigo, aquel hombre de estatura promedio y apariencia común parecía el objetivo perfecto. Se acercó tambaleándose, con una botella de cerveza Club Colombia en la mano derecha.
Los guardaespaldas de Pablo notaron el movimiento, pero una señal discreta de su jefe les indicó que no intervinieran todavía. Pablo quería ver hasta dónde llegaría la situación. Rodrigo llegó hasta la mesa y, sin decir una sola palabra, inclinó deliberadamente la botella sobre la cabeza de Pablo. El líquido dorado escurrió por su cabello negro, empapando su camisa blanca, mientras un silencio sepulcral caía sobre el bar.
Todos los presentes contuvieron la respiración. Los músicos dejaron de tocar. El tiempo pareció detenerse en ese instante que cambiaría para siempre la vida de Rodrigo Mendoza. Pablo permaneció inmóvil durante varios segundos que se sintieron como una eternidad. Lentamente, se limpió la cerveza del rostro con una servilleta, sus ojos clavados en el matón que comenzaba a darse cuenta de que algo estaba mal.
Las expresiones de los demás clientes, el movimiento repentino de varios hombres levantándose de sus asientos, la tensión palpable en el aire… Todo indicaba que Rodrigo acababa de cometer un error monumental. Uno de sus amigos, más sobrio que él, finalmente reconoció a Pablo Escobar.
Su rostro palideció de inmediato y murmuró desesperadamente el nombre que todos en Medellín conocían y temían. Rodrigo, aún aturdido por el alcohol, tardó unos segundos en procesar la información antes de comprender la magnitud de su error. Sus piernas comenzaron a temblar. Le había derramado cerveza en la cabeza al hombre más peligroso de Colombia, quizá de toda Latinoamérica.
Pablo se puso de pie lentamente, sacudiendo las últimas gotas de cerveza de su camisa. Su expresión era inescrutable, una máscara de calma que ocultaba cualquier tormenta interna. Los guardaespaldas ya habían rodeado la escena, esperando órdenes. El dueño del bar, un hombre mayor llamado Don Julio, salió corriendo de la cocina al enterarse de lo ocurrido, rezando en silencio para que su local no se convirtiera en un escenario de masacre.
Rodrigo intentó balbucear una disculpa, pero las palabras se le atoraron en la garganta. El miedo había reemplazado por completo a la arrogancia. Sus amigos ya habían desaparecido, abandonándolo a su suerte. Pablo dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos.
El silencio en el bar era absoluto, roto únicamente por la respiración entrecortada de Rodrigo. Entonces, para sorpresa de todos, Pablo sonrió. No era una sonrisa amigable, sino una expresión cargada de significado. Ninguno de ellos tranquilizador. Posó su mano sobre el hombro de Rodrigo con una presión que, aunque no violenta, transmitía un mensaje claro de dominio.
Con voz baja, apenas audible para los más cercanos, Pablo pronunció las palabras que sellarían el destino de Rodrigo:
—Te estaré esperando mañana a las 10:00 a. m. en Hacienda Nápoles. No llegues tarde. Si no apareces, igual te encontraré. Y créeme… agradecerás haber venido por tu propia voluntad.
Luego se dio la vuelta y salió del bar acompañado de sus hombres, dejando atrás un lugar paralizado por el shock y a un Rodrigo Mendoza que acababa de entender que su vida nunca volvería a ser la misma.
Rodrigo no durmió esa noche. Se sentó al borde de su cama, en el pequeño apartamento que compartía con su madre en un barrio obrero, contemplando sus opciones.
Podía huir, intentar desaparecer en algún pueblo remoto de Colombia o cruzar la frontera hacia Venezuela o Ecuador, pero conocía el alcance de Pablo Escobar: prácticamente ilimitado. Sus tentáculos se extendían por todo el país y más allá. Huir solo retrasaría lo inevitable y probablemente empeoraría su situación. La otra opción era presentarse en Hacienda Nápoles, enfrentar las consecuencias de su estupidez y suplicar clemencia.
Su madre, una humilde costurera, notó su angustia en las primeras horas de la mañana. Rodrigo no le dio detalles, solo dijo que tenía que resolver un problema importante. Con su infalible intuición maternal, comprendió que su hijo estaba en grave peligro. Le preparó café y arepas mientras lágrimas silenciosas recorrían sus mejillas arrugadas.
A las seis de la mañana, Rodrigo se bañó, se puso su mejor ropa —pantalón gris y camisa blanca que su madre había planchado con esmero— y salió de casa sin saber si volvería a verla. Tomó un bus hacia Puerto Triunfo, el pueblo más cercano al infame rancho de Pablo Escobar. El viaje desde Medellín duró unas cuatro horas.
Durante el trayecto, observó el paisaje colombiano desplegarse ante sus ojos: montañas verdes, pueblos pequeños, campesinos trabajando la tierra. Se preguntó si sería la última vez que vería todo aquello. Familias, comerciantes y estudiantes viajaban también en el bus, ajenos a la tragedia personal que él vivía.
Una anciana sentada a su lado intentó conversar con él, pero Rodrigo solo respondió con monosílabos, perdido en sus pensamientos. Recordó su infancia, cuando su padre —también violento— le enseñó que en la vida había que imponerse por la fuerza. Ahora entendía que esa filosofía lo había llevado directo al desastre.
Al llegar a Puerto Triunfo, preguntó cómo llegar a Hacienda Nápoles. Los lugareños lo miraron con una mezcla de curiosidad y lástima. Todos sabían quién era el dueño de la propiedad y qué tipo de asuntos se manejaban allí. Un taxista se ofreció a llevarlo hasta la entrada principal.
Durante el breve trayecto, el conductor —un hombre de bigote espeso— le advirtió:
—Muchacho, no sé en qué andas, pero cuidado… Hay gente que entra a ese rancho y no vuelve a salir.
Rodrigo asintió en silencio, pagó la carrera y bajó del taxi. Frente a él se alzaba la imponente entrada de Hacienda Nápoles, con su famoso avión Piper PA-18 montado sobre el arco, el mismo que Pablo había usado para sus primeros cargamentos de cocaína.
Dos guardias armados con fusiles AK-47 vigilaban la entrada. Rodrigo se acercó con las manos visibles, evitando movimientos bruscos.
—Vengo porque Don Pablo me mandó llamar —dijo, con la voz temblorosa.
Uno de los guardias habló por radio para confirmar la información. Tras unos minutos que parecieron horas, le permitieron entrar.
Un jeep lo esperaba para llevarlo al interior de la propiedad. Mientras avanzaban por los caminos internos, Rodrigo pudo ver la magnitud del imperio de Escobar: construcciones lujosas, lagos artificiales y, para su asombro, animales exóticos —elefantes, jirafas, hipopótamos, cebras— como si estuviera en un safari africano en pleno corazón de Colombia.
Pablo había convertido esas tres mil hectáreas en su refugio personal, un reino donde era el soberano absoluto. El jeep se detuvo frente a una casa principal de estilo colonial, rodeada por jardines impecablemente cuidados.
A Rodrigo lo condujeron a una sala de espera donde otros hombres, con expresiones tensas, aguardaban también ser recibidos. Algunos eran socios, otros empleados, y probablemente algunos, como él, estaban allí para rendir cuentas por algún error. Las agujas del reloj avanzaban con agonizante lentitud.
Rodrigo observó cada detalle: las pinturas en las paredes, los muebles de madera fina, el suelo de mármol pulido… Todo transmitía poder y opulencia. A las diez en punto, un hombre alto y delgado, vestido con traje oscuro, apareció en la puerta y llamó su nombre.
Rodrigo se levantó, sintiendo que las piernas apenas lo sostenían.
Era hora de enfrentar las consecuencias de su imprudencia de la noche anterior.
Lo guiaron por un largo pasillo adornado con fotografías familiares de Pablo Escobar: jugando fútbol con sus hijos, abrazando a su esposa María Victoria, posando con animales exóticos. Retratos que mostraban un lado distinto del criminal más buscado del mundo.
Finalmente, llegaron a una oficina espaciosa con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la finca. Detrás de un escritorio de caoba maciza estaba Pablo Escobar, vestido casualmente con jeans y camiseta blanca.
Fumaba un cigarrillo mientras revisaba unos documentos. A su lado estaban dos hombres de confianza, inexpresivos. El guía salió, cerrando la puerta. Pablo levantó la mirada y observó a Rodrigo durante varios segundos antes de hacerle un gesto hacia la silla frente al escritorio.
—Siéntese —ordenó, con voz calmada pero firme.
Rodrigo obedeció, sintiendo el sudor recorrerle la espalda pese al aire acondicionado. Pablo apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal y se recostó en la silla, entrelazando las manos sobre el abdomen.
—Rodrigo Mendoza, alias “El Toro” —comenzó Pablo, demostrando que ya había investigado todo sobre él—. Treinta y dos años. Nacido en un barrio obrero de Medellín. Hijo de Ramón Mendoza, muerto en una pelea de bar hace diez años, y de Lucía Mendoza, costurera. Antecedentes por agresión, desórdenes públicos y pequeñas extorsiones. Trabajas cobrando deudas para comerciantes de la zona, usando la intimidación física como tu herramienta principal. ¿Correcto?
Rodrigo asintió débilmente, impresionado por la cantidad de información que Pablo había reunido en menos de doce horas.
—Sí, señor —logró decir.
Pablo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
—Anoche, en un acto de monumental estupidez, me tiraste cerveza en la cabeza en un bar público. ¿Tienes idea de cuáles suelen ser las consecuencias de algo así?
Rodrigo tragó saliva.
—Sí, señor… Lo siento muchísimo. Estaba borracho y no me di cuenta. Fue el peor error de mi vida.






