Veinte minutos antes de que terminara su turno, ya estaba contando los minutos para poder irse a casa, cuando una voz aguda sonó por la radio desde central: una llamada urgente, un hombre se sentía mal, dirección: una mansión en un barrio exclusivo. Suspiró con fuerza, pero no tenía sentido discutir. El trabajo es el trabajo.
La ambulancia atravesó la ciudad a toda velocidad. El conductor manejaba con seguridad, mientras su compañero revisaba el equipo. Ella miraba por la ventana, pensando solo en que todo saldría bien, sin complicaciones.
La dirección resultó estar en una zona de lujo. Vallas altas, seguridad, calles bien cuidadas. Los dejaron pasar sin hacer preguntas innecesarias. Dentro, la casa estaba silenciosa y excesivamente lujosa: mármol, muebles caros, cuadros en marcos dorados. La enfermera y su equipo subieron por la amplia escalera hasta el dormitorio del dueño.
La revisión fue rápida. La presión arterial estaba alta, el estado era inestable, pero no crítico. Recetó medicamentos, explicó las recomendaciones con detalle y ya estaba a punto de irse cuando su mirada se detuvo por casualidad en una de las paredes.
Allí colgaba un gran retrato.
Al principio, pensó que simplemente estaba cansada. Se frotó los ojos y volvió a mirar. El corazón se le encogió. El retrato la mostraba a ella. Con un vestido de novia, el cabello arreglado y una expresión seria. El artista había captado cada rasgo con tanta precisión que no había ninguna duda.
La mujer sintió un mareo. Nunca se había casado, nunca había posado para retratos y, desde luego, no conocía al dueño de aquella casa. No podía entender cómo algo así era siquiera posible.

Lo que había visto no tenía sentido. El dueño de la casa, al notar su estado, le explicó con calma que el retrato pertenecía a la dueña anterior.
La mujer había vivido allí muchos años antes, pero había fallecido. Cuando la casa fue vendida, el nuevo propietario cambió todos los muebles, pero le gustó el retrato y decidió conservarlo.
Extrañamente, esas palabras no la tranquilizaron. Al contrario, la inquietud solo se hizo más fuerte.
Después de regresar a casa, la enfermera no pudo calmarse durante mucho tiempo. La imagen del retrato permanecía constantemente ante sus ojos. Al anochecer, decidió hablar con su madre.
—Mamá… ¿yo tuve una hermana?

Su madre guardó silencio. Unos pocos segundos parecieron eternos. Luego suspiró profundamente y se sentó frente a ella.
Confesó que, muchos años atrás, había dado a luz a dos niñas gemelas. No había dinero ni ayuda. Comprendió que no podía ofrecerles una buena vida a ambas.
Así que una de las niñas fue adoptada por una familia adinerada. Desde entonces, la madre nunca volvió a verla y trató de no pensar en ello.
La enfermera escuchó y sintió cómo todo se le oprimía por dentro. Comprendió quién era la mujer del retrato: la hermana cuya existencia nunca había conocido.
La que había tenido una vida diferente. La que vivió en una casa lujosa y murió, dejando atrás solo un retrato… un recordatorio silencioso de un lazo del que nadie había hablado jamás.






