El niño gritaba sin parar, y cuando la madre vio lo que tenía en la boca, corrió de inmediato al médico: ahora advierte a otros padres.

El niño no dejó de llorar durante varias horas, y ese llanto poco a poco dejó de ser solo un berrinche. Al principio, la madre pensó que era el estómago, los dientes o hambre. Pero cuanto más tiempo pasaba, más comprendía que no era un llanto normal.

El pequeño llevaba casi cuatro horas llorando sin parar. Tenía el rostro rojo, la respiración irregular y la voz cada vez más ronca. La madre le tomó la temperatura, le cambió la ropa, revisó su cuerpo pensando que quizá tenía algún rasguño u otra lesión, lo meció en brazos, caminó por la habitación y puso ruido blanco. Nada funcionaba.

Cuando el niño de repente tomó una bocanada de aire y abrió bien la boca en medio de un grito, la madre miró dentro y vio una mancha oscura en el paladar. Se veía aterradora, como un agujero o un crecimiento terrible. En ese momento, todo dentro de ella se quedó helado. Sus pensamientos se fueron de inmediato hacia las peores posibilidades.

La madre no esperó ni un minuto. Tomó al niño y fue al hospital sin siquiera pensar en cómo se veía o en lo que diría la gente. En la sala de emergencias, le costó explicar lo que estaba pasando porque le temblaban las manos y se le quebraba la voz.

Los llevaron rápidamente a una sala de examen. El niño seguía gritando, ahora casi sin fuerzas. La madre caminaba de un lado a otro y sentía cómo crecía la culpa. Le parecía que había pasado algo por alto, que no había sido lo suficientemente atenta, que todo era su culpa.

El médico entró. Con calma, se puso los guantes, encendió su lámpara frontal y le pidió que sostuviera al niño con más firmeza. La luz iluminó directamente el interior de la boca. El doctor bajó suavemente la lengua con un bajalenguas y observó con atención. Su rostro se volvió serio, y la madre apenas podía mantenerse en pie.

En las pinzas había un pedazo empapado de una pegatina de juguete. Se había quedado adherido al paladar, hinchado por la saliva, y parecía una herida aterradora.

Al parecer, el niño, explorando el mundo como hacen todos los pequeños, se había llevado el juguete a la boca, y la pegatina de alguna manera terminó dentro.

En cuanto retiraron el papel, el niño se quedó en silencio. Tomó una profunda bocanada de aire y se acurrucó contra su madre. Los gritos desaparecieron tan repentinamente como habían comenzado.

La madre sintió alivio y vergüenza al mismo tiempo. Le parecía que había provocado pánico por nada. Pero el médico dijo con calma que es mejor acudir una vez de más que pasar por alto un peligro real.

Añadió que ella había hecho todo correctamente, porque supo reconocer que su hijo estaba sufriendo.

En casa, revisó todos los juguetes y quitó las pegatinas. Desde ese día se volvió más atenta a los pequeños detalles, pero dejó de sentirse avergonzada por su miedo. Esa noche comprendió que su ansiedad no era debilidad, sino cuidado.