Las llamas anaranjadas devoraban la escuela de madera, quebrando las vigas con crujidos terribles. El cielo estaba cubierto de humo, y las risas de los alumnos se habían desvanecido en el pánico. Padres y maestros estaban reunidos en el claro frío, temblando. Todos habían logrado salir… todos, excepto uno.
— ¿Dónde está Tom? — La voz del alcalde, Dev Hale, cortó el aire. Normalmente seguro y poderoso, ahora era solo un padre desesperado.
— Él… venía detrás de nosotros… — murmuró un maestro.
Ver más
Supermercados
EL LINDO
Dev corrió hacia el fuego. Los guardias intentaron detenerlo, pero él se soltó y avanzó hasta que el techo en llamas cayó frente a él, esparciendo chispas por el suelo. La multitud quedó inmóvil. Nadie se atrevió a entrar.
Dev cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro, lanzó un grito lleno de desesperación.
Entonces — ruido, gritos, alboroto:
— ¡Miren! ¡Allí… en el humo!
Todos se giraron — y vieron una silueta avanzando lentamente desde la neblina ardiente.

Una figura emergió de las cortinas de humo. Al principio borrosa, inestable, como si la oscuridad misma caminara hacia ellos. La multitud contuvo la respiración. La silueta se acercó, y alguien gritó:
— ¡Un perro! ¡Es Harvey, el perro del guardia!
La gente se agitó; algunos lloraban, otros rezaban. Pero cuando la figura se volvió clara, el murmullo se transformó en un gemido de angustia. Harvey, chamuscado y tembloroso, arrastraba por el cuello un pequeño cuerpo. Un niño. Liam.
Los gritos rompieron la parálisis — los rescatistas corrieron hacia adelante. La ciudad, hasta ese momento inmóvil, estalló en llanto. Dev Hale se lanzó adelante, ignorando las manos que intentaban detenerlo.

— Respira, hijo… por favor… — murmuraba, aferrándose a la camilla mientras los bomberos sacaban al niño y al perro. Harvey se desplomó al lado, apenas capaz de mantenerse en pie.
La sirena aulló en la noche. La ambulancia salió disparada, llevándose al niño y al perro hacia lo desconocido. Para el alcalde — hacia su última esperanza.
Dev permaneció ahí, vacío, hasta que media hora después una voz cautelosa rompió el silencio:
— Todo está bien, señor. Están vivos. El hospital lo confirmó.
Dev cayó al suelo y lloró. Por primera vez — no como político. Sino como padre.






