Arthur había estado viviendo con anticipación durante semanas. Había planeado cuidadosamente sus vacaciones secretas con su joven amante: eligió un resort, reservó un viaje para dos y lo escondió en el coche debajo de una carpeta de documentos. Para su esposa, preparó una orden falsa de un supuesto viaje de negocios urgente.
Por la noche, llegó a casa con aspecto cansado.
— Tengo que irme mañana en un viaje de trabajo —le dijo a su esposa.
Ella simplemente asintió; en los últimos meses, Arthur se había vuelto frío e irritable. Pero él estaba tan seguro de su mentira que ni siquiera imaginó que su esposa ya lo sabía todo.
Ella había estado sospechando desde hacía mucho tiempo. Su intuición le decía que no era trabajo… era otra mujer.
Pero no tenía pruebas, hasta esa noche.
Tarde, cuando Arthur se quedó dormido, su esposa bajó silenciosamente al garaje. Encendió una linterna y revisó el coche. Le tomó solo unos minutos encontrar lo que buscaba: un paquete de vacaciones para dos, perfectamente doblado, con el nombre de la amante en el campo de “segunda persona”.
Se quedó paralizada por un momento, realmente impactada. Luego recuperó el aliento. Subió nuevamente y se sentó en silencio en la cocina durante un largo rato.
Podría haber hecho un escándalo. Podría haber tirado sus cosas o llamado a esa chica.

Tomó una bolsa de harina y la dividió cuidadosamente en varias pequeñas bolsas transparentes con cierre. Parecían muy sospechosas —lo suficiente como para despertar preguntas, pero completamente inofensivas—.
Colocó las bolsas entre la ropa de su esposo en la maleta.
El día del viaje, Arthur estaba de muy buen humor. Su amante caminaba a su lado. Él no sospechaba nada.
Pero cuando la maleta pasó por el escáner de rayos X, de repente sonó la alarma. El personal intercambió miradas y se acercó a Arthur:
— Señor, por favor acompáñenos a una sala aparte.
La amante se tensó:
— ¿Qué está pasando?
— Solo una revisión de rutina —murmuró uno de los agentes.
Arthur los siguió con calma; estaba seguro de que solo llevaba traje de baño, shorts y sandalias en su equipaje.
Pero cuando pusieron la maleta frente a él y uno de los trabajadores sacó varias bolsitas de polvo blanco, las manos de Arthur se helaron.
— ¿Qué es esto? —preguntó el agente de seguridad con severidad.
— Yo… yo no sé —balbuceó Arthur.
Comenzaron horas de interrogatorio. Las mismas preguntas una y otra vez. Documentos revisados. Expertos llamados.
La amante lo llamó decenas de veces, luego dejó de hacerlo. Finalmente, cansada de esperar, tomó el vuelo sola.
Después de varias horas dolorosas, un experto entró en la sala.

— El polvo ha sido analizado. Es… simplemente harina común.
Los agentes intercambiaron miradas, ahora irritados.
— Puede irse, señor. Pero su vuelo ya ha salido.
Arthur salió de la sala apretando la maleta con fuerza. Intentó llamar a su amante —ella ya no respondía. Regresó a casa completamente destrozado.
Cuando abrió la puerta, el corazón se le hundió. No había nadie. Su esposa se había llevado a los niños y se había marchado.






