Emily Carter tenía veintiún años, era estudiante becada en la Universidad de Columbia y trabajaba por las noches en un pequeño restaurante italiano del Upper West Side. Su mundo era estrecho: libros de texto, turnos dobles y la implacable presión de la deuda estudiantil. Aquella noche, un caluroso atardecer de verano cargado de humedad, le asignaron atender una mesa privada en la esquina: un solo comensal, un hombre de unos cuarenta años, solo con un vaso de bourbon.







