El joven fue liberado temprano por la mañana. Documentos, una bolsa con sus pertenencias, la calle silenciosa… no necesitaba nada más. De inmediato llamó a un taxi y dio el único destino que le importaba: el cementerio donde habían enterrado a su prometida.
Cuando el coche llegó, se quedó mucho tiempo de pie frente a la entrada, como si no se atreviera a entrar. Todo dentro de él se tensó. Nunca había estado allí: lo habían arrestado mientras se celebraba el funeral. Ni siquiera sabía exactamente dónde la habían enterrado. Había pasado casi cinco años en prisión.
El cementerio era enorme. Filas de lápidas se extendían sin fin. Caminó entre ellas durante casi media hora, leyendo cada nombre. El que buscaba no aparecía por ninguna parte. Solo apellidos ajenos, fechas ajenas, historias ajenas.
Sacó del bolsillo un papel arrugado: la ubicación de la tumba, la sección, la fila. Pero todo estaba escrito de forma torcida, como si lo hubieran anotado con prisa.
Caminó por la fila indicada… nada. Volvió a recorrerla… seguía sin encontrar nada.
Finalmente, vio a un cuidador del cementerio, un anciano con chaqueta y botas de goma.
—Disculpe… —su voz se quebró—. Estoy buscando una tumba. Aquí está el apellido. Y aquí el documento. ¿Puede ayudarme?
El cuidador tomó el papel, lo examinó durante un largo rato y luego asintió.
—Ah… sí, lo recuerdo. Enterramos a esa chica. Un nombre poco común. Venga.
Lo condujo a otra sección, distinta a la que aparecía en el papel. El anciano hizo un gesto con la mano.
—Aquí. Está aquí.

Luego se alejó, dejando al joven solo.
Y en ese mismo instante, sus ojos se fijaron en las fechas. Al principio, simplemente no lo entendió. Las volvió a leer. Y las volvió a leer otra vez.
La fecha de nacimiento… era incorrecta. Ella no podía haber nacido ese año, lo sabía con certeza. La fecha de muerte… tampoco coincidía. Según los documentos, ella había fallecido antes de lo que estaba grabado allí.
Se incorporó, dio un paso atrás y volvió a mirar la lápida, esta vez con atención. Las fechas estaban grabadas de forma diferente: la profundidad y el tono no eran los mismos. Como si hubieran sido añadidas después, sobre las anteriores.
Pasó el dedo por la piedra y sintió, bajo la superficie pulida, los rastros de números más antiguos. Alguien había borrado las fechas reales y había grabado otras nuevas.
Y entonces, el pensamiento —tan aterrador que le heló la sangre— se volvió imposible de ignorar:

Ella no está enterrada aquí. Esta tumba pertenece a otra mujer. Simplemente pusieron su nombre encima.
Apoyó lentamente la mano sobre la piedra, intentando comprender qué estaba ocurriendo en realidad.
Si esta no es su tumba… Si aquí está enterrada otra persona… entonces, ¿dónde está su prometida? ¿Y por qué alguien habría reemplazado su lugar de entierro?
Se quedó inmóvil mientras el viento susurraba entre la hierba.
Ahora sabía una cosa: nunca le habían contado toda la verdad sobre su muerte. Y tal vez la razón por la que pasó todos esos años en prisión estaba directamente relacionada con esto.






