Los familiares dividieron la casa sin prisa, pero con un cálculo preciso. A uno le tocó el terreno, a otro la casa, y a un tercero las futuras ganancias. Cuando llegó el turno de la nieta, el notario anunció con calma que la nieta, llamada Lina, recibiría un viejo colchón de muelles del ático.
Un silencio incómodo llenó la oficina. El tío sonrió con burla, la tía desvió la mirada. Alguien sugirió tirar esa cosa de inmediato y comprarle a Lina algo útil en su lugar. Pero Lina se negó. Tomó el colchón y se lo llevó a casa.
Su taller era pequeño y siempre olía igual: a madera vieja, cera, polvo y café frío. Había allí sillas y cómodas que reparaba por encargo. No había mucho dinero, ni mucho trabajo. El colchón ocupó casi todo el suelo y enseguida estorbaba, pero Lina decidió que al menos podría usar el relleno para restaurar muebles.
El colchón era pesado, sucio y estaba muy gastado. La tela se deshacía por el paso del tiempo y todo su interior estaba aplastado. Lina abrió cuidadosamente las costuras, capa por capa, tratando de no respirar el polvo. En un momento, el cuchillo golpeó algo duro. No parecía un muelle ni una pieza de madera.

Separó el relleno con las manos y se quedó paralizada. Dentro del colchón había algo extraño, cuidadosamente envuelto y claramente colocado allí a propósito. Lina sintió cómo todo en su interior se tensaba, porque comprendió que aquel descubrimiento definitivamente no era un accidente.
Con cuidado, apartó aún más el relleno y vio varios paquetes compactos. Estaban doblados con orden y guardados en bolsas azules idénticas, limpias y resistentes, como si hubieran sido preparadas con anticipación.
Las bolsas estaban distribuidas uniformemente entre las capas del relleno, de modo que desde fuera el colchón parecía completamente normal y no despertaba ninguna sospecha.
Las sacó una por una y las colocó en el suelo. Cada una contenía dinero. Los billetes antiguos estaban cuidadosamente apilados, sujetos con bandas elásticas, sin desorden ni prisa. Era evidente que no se habían reunido de una sola vez, sino que habían sido guardados deliberadamente.
Lina se sentó lentamente en el suelo y miró a su alrededor, como si no pudiera creer que aquello le estuviera pasando.

Mientras los familiares discutían por la casa, el precio del terreno y las ganancias de la venta, lo más valioso había estado allí todo el tiempo: en el ático, dentro de un viejo colchón que nadie siquiera quiso tocar.
Ahora quedaba claro por qué la abuela lo había conservado hasta el final y nunca permitió que lo tiraran. Y por qué, en la herencia, se lo había dejado a ella. El colchón parecía basura, pero en su interior guardaba una reserva para los tiempos difíciles.






