La secretaria se sintió repentinamente mal en el trabajo, así que salió afuera. Se sentó en un banco, cerró los ojos y, cuando volvió en sí, vio a un anciano intentando quitarle un brazalete de oro de la muñeca.

Anna se sintió mal justo en medio de la reunión.

Estaba sentada junto al director, como siempre, tomando nota de cada palabra e intentando no mostrar su cansancio. La sala de conferencias estaba sofocante; el aire parecía espeso y pesado. Empezó a palpitarle la sien, el corazón le latía más rápido de lo normal. Anna respiró hondo, pero no ayudó. Una presión desagradable apareció en su pecho, como si un peso enorme la estuviera aplastando lentamente.

En un momento, todo comenzó a darle vueltas. Anna se agarró al borde de la mesa para no caer y se disculpó en voz baja. Se levantó intentando caminar recto, pero las piernas le fallaban. El director le preguntó algo, pero Anna ya apenas podía distinguir las palabras.

Afuera hacía fresco. El aire limpio le golpeó el rostro, pero no le trajo alivio. La debilidad solo se hizo más intensa. Anna dio unos pasos y se desplomó, indefensa, en un banco cerca de un pequeño parque. Cerró los ojos, esperando que se le pasara.

El corazón le iba a mil.

Cuando Anna entreabrió los ojos, vio a un anciano inclinado sobre ella. Tendría más de setenta años. Una chaqueta sencilla, un sombrero viejo, una mirada tranquila pero atenta. Le sostenía la muñeca con suavidad y parecía estar examinándole la mano.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Anna con voz ronca, intentando apartar la mano—. No lo toque. Este brazalete es un regalo de mi esposo.

El anciano no discutió. Solo dijo en voz baja:

—Te sientes mal por culpa de eso. Mira más de cerca.

El oro se había oscurecido exactamente en los puntos donde tocaba la piel. No por completo, sino a manchas, como si alguien hubiera pasado una sombra oscura sobre él.

—¿Quién es usted? —susurró Anna, sintiendo cómo todo se le contraía por dentro.

—Soy un antiguo joyero —respondió el anciano con calma—. Trabajé con oro durante cuarenta años. Cuando vi que te sentías mal, miré tu mano por casualidad. Una persona común no lo notaría.

—¿Qué significa esto? —la voz de Anna temblaba.

—Son rastros de talio —dijo en voz baja—. Un veneno muy insidioso. Es invisible a simple vista. Se aplica en una capa extremadamente fina. Se absorbe a través de la piel y envenena lentamente a la persona. Pero el oro reacciona. Se oscurece.

—¿Quiere decir que…?

El anciano asintió.

—Quien te regaló ese brazalete sabía exactamente lo que hacía. Quería que te enfermaras, que te debilitaras y que un día simplemente no volvieras a levantarte.

Anna miró la joya y luego sus manos. En su mente apareció la imagen de su esposo: sus miradas frías, su extraña atención últimamente y sus palabras insistentes: «Póntelo. No te lo quites. Es mi regalo».

En ese momento, lo entendió todo.

El anciano retiró el brazalete con cuidado y lo envolvió en un pañuelo.

—Tienes que ir de inmediato al médico y a la policía —dijo—. Y no vuelvas a ponerte esto nunca más.

Anna asintió en silencio. Sentada en el banco, apretando los dedos temblorosos, comprendió que acababa de sobrevivir por puro milagro.