El guardabosques vio, en lo más profundo del bosque, a un pequeño cachorro sentado sobre un saco, como si lo estuviera vigilando.
Sintió de inmediato que algo no estaba bien. Miró dentro del saco… y casi perdió el conocimiento del miedo.
Después de veinte años trabajando en el servicio forestal, yo ya estaba acostumbrado a todo.
Había visto incendios, cazadores furtivos, animales heridos y la crueldad humana en su peor forma.
Me parecía que nada podía sorprenderme ya.
Pero aquella helada mañana descubrí lo equivocado que estaba.

El guardabosques experimentado cerró de golpe la puerta de su viejo coche.
El aire frío se coló de inmediato bajo su chaqueta, le picó la cara y lo hizo estremecerse.
Conocía estos lugares como la palma de su mano.
Cada sendero, cada claro, cada árbol caído le resultaba familiar.
Y, aun así, ese día una extraña sensación de inquietud se instaló en su interior, como si el propio bosque estuviera advirtiendo de un desastre.
El coche se desvió del camino principal hacia una senda estrecha, casi olvidada.
En ese momento, un sonido surgió desde lo profundo del bosque y le apretó el corazón.
No era un aullido ni un ladrido.
Era más bien un llanto fino y agudo, cargado de dolor y desesperación.
Apagó el motor, y en el silencio que siguió, el sonido volvió a escucharse, más claro y aún más aterrador.
Los animales salvajes no lloran así.
Incluso atrapados en una trampa, suenan diferente.
El guardabosques encendió su linterna y avanzó entre los árboles.
El llanto se hacía cada vez más cercano.
Al doblar una curva, se detuvo en seco.
Allí, sentado directamente sobre el suelo húmedo, había un pequeño cachorro.
Apenas un bebé, de no más de un mes.
Su pelaje estaba sucio y mojado, su cuerpecito temblaba de frío, y sus grandes ojos oscuros lo miraban de una manera que le cortó la respiración.
El cachorro se apretaba contra un viejo saco, abrazándolo con sus patitas, y cada vez que el hombre se movía, gemía lastimosamente, tratando de proteger la áspera tela con su cuerpo.

El guardabosques dio un paso adelante con mucho cuidado, pero el cachorro inmediatamente se aplastó contra el suelo, como si estuviera dispuesto a defender el saco con su último aliento.
En ese instante, el guardabosques entendió que el perro no estaba allí por casualidad: estaba protegiendo algo.
No se había perdido ni había sido olvidado accidentalmente.
Lo habían dejado deliberadamente junto a ese viejo saco.
Levantó el saco con sumo cuidado y sintió de inmediato un peso extraño. No era duro ni sólido. Algo dentro se movió muy suavemente.
El hombre casi se desmayó del miedo.
…Dentro del saco había un bebé.
Pequeño, casi sin peso.
El niño estaba envuelto en una manta delgada, tan empapada que ya no daba calor.
La piel del bebé estaba fría, su respiración apenas perceptible y los labios azulados.
Lloraba muy poco, como si ya no tuviera fuerzas.
Y justo en ese momento el cachorro gimió suavemente y se apretó aún más contra el saco, como intentando calentar al bebé con su pequeño cuerpo.
El guardabosques lo comprendió todo al instante.
Sin ese perro, el niño no habría sobrevivido la noche.
Actuó rápido.
Se quitó la chaqueta, envolvió al bebé en ella y lo sostuvo contra su pecho, sintiendo el tenue latido de aquel diminuto corazón.
Casi corrió de regreso al coche, sin sentir ni el frío ni el cansancio.
En el hospital, los médicos dijeron después que había sido cuestión de minutos.
El bebé sobrevivió únicamente porque había sido mantenido caliente.
El pequeño cachorro, acurrucado contra el saco, literalmente le había dado su calor para mantenerlo con vida.

Y algún tiempo después, salió a la luz una verdad terrible.
La madre del bebé fue encontrada rápidamente.
La mujer vivía en una pobreza extrema y acababa de dar a luz a su séptimo hijo.
No había dinero, ni ayuda, ni fuerzas.
En su desesperación, tomó una decisión.
Llevó al bebé al bosque, lo colocó dentro de un saco y lo dejó allí, esperando que el frío hiciera el resto.
No podía alimentar al niño y decidió que eso era mejor que una muerte lenta por hambre.






