Mi padre llamó tan bruscamente como un rayo en pleno día. Apenas tuve tiempo de salir a la terraza para no llamar la atención de los invitados.
— ¿Dónde estás? — su voz temblaba, no de miedo, sino de rabia.
— En casa de los padres de mi esposa… — empecé, pero me interrumpió:
— Toma a tu hija y vete. Ahora.
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EL LINDO
Juegos familiares
Me quedé helado. Nunca lo había escuchado hablar así. Quise preguntar “¿por qué?”, pero solo dijo:
— No hay tiempo para explicaciones. Confía en mí.
Un segundo después ya corría hacia el coche, apretando a mi hija contra el pecho. Por la ventana vi a mi suegra gritar algo detrás de nosotros, y a mi suegro llamando apresuradamente a alguien.

Cuando pisé el acelerador, el camino frente a nosotros se convirtió en un corredor oscuro, donde cada curva parecía una trampa.
Amilia jugaba tranquila con los cinturones de su sillita, sin sospechar que nuestro mundo literalmente se estaba resquebrajando bajo las ruedas.
Volví a reproducir el video de León — mi padre, un hombre que siempre consideré demasiado cauteloso como para creer en conspiraciones.
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Pero lo que vi no necesitaba fe — era una realidad que se clavó en mí como colmillos.
En la grabación, Marta y Óscar hablaban de los detalles con una naturalidad absurda, como si discutieran un pedido de pastel para una fiesta.
Eliza, mi esposa, estaba sentada un poco más lejos, pero su voz era la más clara:
— Él firmará. Ni siquiera entenderá qué documento le estamos poniendo delante.
Pausa.
— Y luego lo cogerán. Todo caerá sobre él. Nosotros quedaremos limpios.
Tres frases. Solo tres — para romper una década de confianza.

Me desvié hacia el estacionamiento vacío de un centro comercial abandonado, apagué el motor y dejé que el silencio explotara en mis oídos.
Mi corazón latía con fuerza, pero mis pensamientos eran fríos. Miré la pantalla hasta que los rostros de quienes llamaba familia se volvieron sombras borrosas.
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León envió otro mensaje:
«Hijo, ellos apostaron por tu ceguera. Pero tú tienes algo que ellos no — la oportunidad de irte antes de que el círculo se cierre.»
Levanté la vista hacia el asiento trasero. Los ojos de Amilia brillaban con la luz de las farolas — puros, inocentes, confiados.
Por ella, no podía ser una víctima. Tenía que ser el hombre que ve el abismo a tiempo.
Encendí de nuevo el motor, esta vez con fría determinación.
No pensaba esconderme.
Pensaba comenzar mi propio juego — honesto, abierto y mortalmente peligroso para quienes decidieron enterrarme vivo.






