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Ben deambulaba nervioso por los pasillos del aeropuerto, levantando la mirada una y otra vez hacia la pantalla con la esperanza de ver las palabras tan deseadas — «Embarque iniciado».
Pero el clima jugaba en su contra: durante horas su vuelo había sido retrasado, como si el destino mismo se burlara de sus esperanzas.
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Le había pedido al comandante un solo día — ¡solo uno! — para poder llegar al nacimiento de su hijo. Y ahora estaba allí, sentado en ese edificio de acero sin alma, atrapado entre el cielo y la tierra, entre el deber y el sueño de ser padre.
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Cuando anunciaron otro retraso, algo dentro de él se rompió. Ben se deslizó lentamente por la pared hasta quedar sentado en el suelo helado.
Con los dedos temblorosos abrió la transmisión en vivo: los gritos de las parteras, la respiración agitada de su esposa — todo le atravesaba el corazón. Las lágrimas rodaban por su rostro mientras susurraba disculpas que nadie podía oír.

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Ben levantó la cabeza, se secó las lágrimas con el dorso de la mano — y de pronto entendió que ya no estaba solo.
A su alrededor, como respondiendo a una señal invisible, ya se habían sentado personas: una pareja de ancianos, una chica con mochila, un hombre de negocios con traje caro, incluso niños abrazados a sus padres.
Todos ellos formaban un círculo silencioso y cálido de apoyo alrededor de su pequeño rincón de desesperación.
Alguien puso suavemente una mano sobre su hombro.
— Estamos contigo, — dijo el hombre a su lado. — Al menos estemos juntos.

Cuando el primer llanto del recién nacido sonó desde el teléfono, Ben dio un salto de sorpresa y alivio. Y de repente todo el pasillo del aeropuerto cobró vida: la gente aplaudía, celebraba, alguien incluso derramó lágrimas.
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Varias personas le pidieron que girara la pantalla para felicitar a su esposa — y llovieron cálidos «¡felicidades!», «¡lo lograron!» y decenas de corazones que volaban hacia la cámara como pequeñas luces de esperanza.
Ben se cubrió el rostro con las manos, sin ocultar ya sus emociones. Sentía cómo el nudo pesado dentro de él se deshacía, dejando espacio a una felicidad frágil y silenciosa.
En ese día extraño, suspendido en el tiempo, no estuvo realmente solo — todo el aeropuerto se convirtió en su familia aunque fuera por unos minutos.






