Miles de parásitos estaban devorando al pobre león vivo, y el animal sufría un dolor insoportable; lo que hizo el hombre dejó a todos en shock.

Cuando el guardabosques del parque nacional notó una silueta inmóvil entre los arbustos, primero pensó que era el cuerpo de un gran animal muerto. Pero al dar unos pasos más, ese “cuerpo” se movió, y un escalofrío recorrió su espalda.

Frente a él yacía un león vivo. El majestuoso rey de las bestias, símbolo de fuerza y naturaleza salvaje, se encontraba en un estado tan terrible que el corazón del hombre se encogió de horror. El depredador estaba muriendo lentamente —no por cazadores furtivos, ni por hambre— sino por torturas imposibles de presenciar sin temblar. El león estaba literalmente siendo devorado vivo por parásitos.

En once años trabajando como rescatista de animales, había visto mucho: animales heridos en trampas, cachorros recién nacidos todavía cubiertos de sangre. Pero una pesadilla así —nunca.

El león apenas podía mantenerse de pie; su cuerpo antes poderoso se había convertido en piel y huesos, y su melena colgaba en mechones sucios y enredados. Sus ojos dorados y profundos ya no brillaban con fuego salvaje. Solo reflejaban dolor, agotamiento y completa rendición. El hombre se agachó a su lado. Solo entonces pudo ver la verdadera magnitud del desastre.

Todo el cuerpo del león estaba cubierto de garrapatas grandes y hinchadas. En su costado había una herida profunda e infectada infestada de larvas blancas; las moscas lo estaban devorando vivo. El león no rugía ni intentaba atacar. Simplemente se mantenía allí, balanceándose, como si decidiera si colapsar ahora o soportar un minuto más.

Sabía que debía llamar a un equipo y transportar al león a la clínica bajo sedantes. Pero ya no había tiempo. El león estaba muriendo ante sus ojos, y esperar una hora podría ser fatal. Lentamente, casi como en oración, extendió la mano hacia el animal.

Podría haber terminado muy mal para él. Pero el león simplemente exhaló suavemente, como si comprendiera que el hombre no era un enemigo. Con cuidado, el hombre tocó su piel y comenzó a quitar las garrapatas con sus propias manos. Cientos de parásitos.

Rasgó su camisa en tiras para limpiar la pus, exprimió las larvas de la herida y limpió lo mejor que pudo. La sangre y la suciedad le corrían por los dedos, pero continuó, con los dientes apretados y la determinación firme.

El león gimió levemente, pero no se apartó. Se quedó allí como una criatura condenada, confiando su dolor al único que había decidido no huir. Los minutos se sintieron como una eternidad. Y cuando el hombre estaba casi sin fuerzas, algo ocurrió que le erizó la piel.

El león bajó lentamente su enorme cabeza sobre las rodillas del hombre. Como si le estuviera dando las gracias.
Y en ese momento, el hombre comprendió: ya no podía dar un paso atrás. Lucharía por la vida de aquel león hasta el final.