Estaba eligiendo regalos de Año Nuevo cuando llamó mi atención una niña en silla de ruedas. Miraba durante mucho rato, casi suplicando, la caja con la muñeca en el estante superior.
Finalmente, estirándose con todas sus fuerzas, logró tocarla, la tomó con cuidado — y vi cómo sus ojos tristes y nublados se iluminaron de una tranquila alegría.
Pero al instante siguiente, una mujer se acercó a ella.
Con un tono frío y cortante dijo:
— No podemos permitirnos esto. Tu regalo de Año Nuevo es tu tratamiento. Ya gastamos todo nuestro dinero en ti.
Le arrebató la muñeca y la devolvió al estante. El rostro de la niña se contrajo y aquella diminuta felicidad que había brotado en ella se apagó al instante.
Ya había dado un paso, decidida a comprar yo misma el regalo y dárselo, cuando de repente una inquietud recorrió la tienda.
Cestas de regalo
Los empleados comenzaron a apresurarse… Y luego ocurrió algo que dejó a todos paralizados.

De la fila vecina apareció de repente un hombre — el mismo que había causado todo el alboroto. Los empleados corrían en todas direcciones, como si intentaran hacer algo antes de que él llegara.
Se movía rápido, pero no de forma brusca — más bien como alguien que sabe que debe intervenir de inmediato.
Se detuvo justo frente a la niña, la miró brevemente con atención, levantó la mano y llamó a un dependiente:
— Empaquen esa muñeca. Para ella. De inmediato.
— Sí, por supuesto, señor Joshua — respondió el vendedor sobresaltado y casi corrió hacia la vitrina.
La madre de la niña quedó desconcertada — su rostro palideció, su respiración pareció cortarse. No entendía por qué de repente se formó esa agitación solemne a su alrededor, por qué los empleados estaban tan tensos.

Un minuto después, el vendedor regresó con una colorida bolsa de regalo. El hombre la tomó, se inclinó ligeramente y se la entregó a la niña.
Cestas de regalo
— Toma, pequeña. Que este año sea más ligero y más amable contigo. Y los milagros… llegan a quienes los han esperado por mucho tiempo.
Los labios de la niña temblaron, sus ojos se abrieron enormemente — en ellos brilló algo cálido, frágil, casi olvidado.
Más tarde, cuando las emociones se calmaron y la tienda recuperó su bullicio habitual, corrió un rumor: aquel hombre era el dueño del supermercado.
Estaba en la sala por una inspección, observando todo por las cámaras, y al ver aquella pequeña escena junto al escaparate, decidió intervenir. Porque a veces, hay que dar una oportunidad a que un milagro nazca.






