En esta vieja casa, todo parecía normal: las escaleras crujían, las bombillas parpadeaban, los vecinos discutían por la basura. Pero desde hace algún tiempo, la gente empezó a notar cosas extrañas.
Cada mañana — lo mismo de siempre. En el alféizar del tercer piso se posaban los cuervos. Graznaban, se empujaban, batían las alas como si esperaran una señal. Los habían echado decenas de veces — inútil. Siempre volvían, como si estuvieran atados a algo.
Al principio parecía una broma, luego — un mal presagio. Se decía que en el apartamento vivía una anciana que alimentaba a los pájaros, pero hacía mucho que nadie la veía. Por las noches se oía un ligero batir de alas — como si los cuervos nunca se fueran.
Un día los habitantes decidieron comprobarlo. Llamaron a la puerta — silencio. Entonces, algunos rodearon la casa y miraron con cuidado por la ventana.

Dentro del apartamento reinaba el silencio. El aire estaba pesado, olía a té y polvo. Sobre la mesa — una taza de té medio bebida, periódicos cuidadosamente apilados, una manta doblada sobre el respaldo de una silla.
Todo parecía como si la dueña estuviera a punto de volver de la habitación contigua.
— Extraño… — susurró alguien.
Se miraron entre sí y abrieron con cuidado la puerta del dormitorio.

En la cama, entre las almohadas cuidadosamente arregladas, yacía una mujer mayor. Parecía estar simplemente dormida, pero el silencio mortal reveló la verdad de inmediato. En la mesita de noche había gafas, un libro abierto y un plato con migas de pan.
Parecía que los cuervos volvían allí todos los días — quién sabe, por costumbre o por algún recuerdo propio de los pájaros. Tal vez simplemente la esperaban, como antes, cuando ella se asomaba a la ventana para lanzarles trozos de pan.
Cuando los vecinos salieron en silencio del apartamento, de nuevo se escuchó desde la ventana el familiar graznido.






