«¡Atrás! ¡Todos atrás! ¡El puente no resistirá!» — Tras el grito de Alex, el puente crujió, y de las grietas brotaron nubes de polvo y pequeños fragmentos de piedra.
Él lo sintió antes que los demás — una vibración apenas perceptible, como si el puente respirara. Por un momento pensó que era el viento, pero el sonido se intensificó.
El instinto lo hizo reaccionar.
Saltó de la cabina, miró hacia abajo — y el corazón se le hundió.
El asfalto estaba cubierto de finas grietas, pero una — larga, viva — se extendía lentamente hacia adelante, como una serpiente.
Alex comprendió: los separaban segundos del desastre.
Corrió de vuelta, giró la llave, y el motor rugió como si también sintiera el peligro. Giró el volante bruscamente, atravesando el camión en medio del puente — chirridos de neumáticos, gritos, caos. El flujo de autos se detuvo.
Pero Alex ya gritaba por la ventana, sobre el estruendo:
«¡Atrás! ¡Todos atrás! ¡El puente no resistirá!»
El puente tembló…

El asfalto onduló como una ola, los postes de luz se balanceaban, y de las grietas brotaron polvo y piedras. Las vigas metálicas gemían como si estuvieran vivas, mientras el aire se llenaba de gritos y estrépito.
Alex, aferrado al volante, gritaba:
— ¡Atrás! ¡Todos atrás! ¡El puente no resistirá!
Los conductores, confundidos, tocaban el claxon o miraban sin entender. Pero cuando el suelo empezó a temblar bajo sus pies, los primeros autos comenzaron a retroceder.
Varias personas salieron corriendo de sus coches, dejando las puertas abiertas. Una mujer con un niño corrió hacia la salida, seguida por otros.

Alex saltó de la cabina, el rostro cubierto de polvo y sudor.
— ¡Atrás! ¡Más rápido! — gritaba, agitando los brazos.
El rugido aumentaba, trozos de cemento caían desde arriba, y del otro lado del puente las columnas ya se agrietaban. La gente, presa del pánico, retrocedía; unos encendían el motor, otros corrían.
Los coches se movían de forma caótica, algunos atascados, otros ayudando a los demás a salir.
Tosiendo por el polvo, Alex se giró — y vio una enorme grieta atravesando el puente de un extremo al otro.

Corrió. Los últimos metros le parecieron eternos.
Detrás de él, un crujido terrible — y parte del puente se desplomó al agua.
Lo había logrado.
Alcanzó tierra firme, cayó de rodillas y escuchó cómo el puente se derrumbaba tras él.
Aquel día pudo haber sido una tragedia — pero gracias a Alex, decenas de personas sobrevivieron.
Si no lo hubiera notado a tiempo y bloqueado el paso — todo habría acabado de otra manera.






