Él no creía en la bondad. Solo en el beneficio.
Tenía un poco más de sesenta años y poseía todo lo que millones sueñan: una corporación, mansiones, un avión privado. Pero por ese éxito había pagado con soledad. Un mundo construido sobre negocios y miedo lo había dejado sin un solo amigo.
La única persona que cruzaba el umbral de su casa era su humilde empleada — una mujer con la mirada cansada y manos acostumbradas al trabajo duro.
Ella venía cada día a las seis en punto, no hacía preguntas, no intentaba acercarse. Y eso era lo que más le irritaba.
Aquella mañana decidió hacer un “experimento”.
Sobre la enorme cama cubierta con cientos de billetes, se acostó fingiendo estar dormido. «Que sea su conciencia la que hable», pensó con una sonrisa fría.
Cuando la puerta crujió suavemente, la mujer se detuvo en la entrada. En sus ojos — miedo, confusión. Se acercó paso a paso.
— Dios mío… — susurró, y para sorpresa del multimillonario, no extendió la mano hacia el dinero, sino hacia su delantal, y…

— Dios mío… — susurró, y para sorpresa del multimillonario, no extendió la mano hacia el dinero, sino hacia su delantal.
De sus ojos entreabiertos no se le escapó ningún movimiento. La mujer sacó con cuidado una tela blanca, la desplegó y, como si temiera despertarlo, la colocó sobre su pecho.
Luego juntó sus manos, permaneció un segundo quieta y dijo casi en un susurro:
— Que tenga calor.

No tomó ni un solo billete. No miró a su alrededor, no hizo ningún gesto que pudiera parecer interesado.
Quitó suavemente el polvo de la mesilla, acomodó la almohada y, como si nada extraño hubiera ocurrido, salió cerrando la puerta con delicadeza.
El multimillonario permaneció inmóvil, pero dentro de él algo se quebró, como un frágil trozo de hielo en lo profundo del pecho. Quiso sonreír, pero no pudo.

En lugar de la frialdad habitual sintió una extraña quemadura — ¿vergüenza? ¿confusión? ¿o tal vez lástima por sí mismo?
Cuando sus pasos se desvanecieron, abrió lentamente los ojos. En el aire aún flotaba un leve olor a limpieza y… un calor humano que no había estado en su casa durante años.
Miró el delantal cuidadosamente doblado sobre su pecho y por primera vez en mucho tiempo no supo qué hacer.






